El anciano Simeón vio a la joven pareja entrar en el Templo de Jerusalén. El hombre llevaba una jaula con un par de tortolitas; la mujer cargaba en sus brazos a un pequeñín de cuarenta días de nacido. «Debe ser su primogénito —pensó Simeón— y lo vendrán a…». Una voz interior interrumpió los pensamientos del anciano: «El niño. Es Él, el Cristo del Señor».

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Un extraño vigor se apoderó de las piernas de Simeón. Él, que desde hacía años caminaba con bastón y a paso lento, corrió hacia aquel matrimonio, le arrebató el niño a la mujer y bendijo a Dios: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo morir en paz, porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado para todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

Este ha sido puesto como signo de contradicción

María y José, los padres del niño, estaban atónitos. A José se le había caído la jaula; las tortolitas zureaban, quizá quejándose, quizá acompañando al anciano en su cántico jubiloso. Simeón le devolvió el niño a la madre y se disculpó por su atrevimiento, bendijo a los progenitores y con voz casi imperceptible le dijo a María: «Mira, este ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y como signo de contradicción —el rostro del anciano adquirió una gran seriedad—, y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones».

Aquellas palabras tallaron el alma de María. En aquel instante recordó el anuncio del Ángel Gabriel; pensamientos y afectos se mezclaron en su corazón: «Será llamado Hijo del Altísimo… Ruina y resurrección de muchos… su Reino no tendrá fin… Signo de contradicción… El Espíritu Santo descenderá sobre ti… Una espada te atravesará el alma… Para Dios no hay nada imposible…». María sintió una mano en su hombro. José, que había recogido la jaula, le avisaba que aún no habían presentado al Niño ni ofrecido el par de tortolitas por la purificación de ella.

Hágase en mí según tu Palabra

Se iban a despedir de Simeón, cuando se acercó una mujer anciana, de nombre Ana, glorificando a Dios: «¡Alabado sea el Señor, que envía su redentor a Jerusalén!». María estaba admirada por la esperanza de aquellos dos ancianos. Contempló al Niño y una sombra se asomó a su alma: «Signo de contradicción… una espada te atravesará…». Cerró los ojos, besó al pequeño en la mejilla y le susurró al oído unas palabras que no se cansaba de repetir: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra».

texto del evangelio

Lucas 2, 22-40 (leer).

Dios te habla. ¿Le escuchas?

Salmo 24 (23), 1-10 (leer).

Malaquías 3, 1-4 (leer).

Jeremías 29, 11-14 (leer).

Isaías 40, 27-31 (leer).

Romanos 15, 4-13 (leer).

Hebreos 10, 23-25 (leer).

Preguntas para meditar y orar
  1. ¿Creo en las promesas de Dios? ¿Tengo puesta en Él mi esperanza?
  2. ¿Le ofrezco mi corazón a la Virgen María para que lo presente a su Hijo?
  3. ¿Cómo trato a las personas mayores? ¿Me doy cuenta que son un don de Dios?

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