No. Imposible. Juan el Bautista se resistía a aceptar la petición de Jesús. «¿Qué yo te bautice? Pero si ni siquiera soy digno de llevarte las sandalias. Más bien, deberías tú bautizarme a mí». Juan, seguro de la verdad de sus palabras, pensó que Jesús le daría la razón. Sin embargo, el Señor calló y se lo quedó mirando. Aquella mirada…

Juan bautiza a Jesús

El Bautista tuvo la sensación de que habían quedado solos él y Jesús: el ruido de la multitud que había venido a ser bautizada por él parecía haber desaparecido. La mirada de Jesús lo había atravesado. Juan no podía ocultar nada de su interior a esos ojos, que sin palabras le decían: «Bien veo que no eres digno»… Pero a la vez percibía en esa mirada tanto cariño, tanto amor, que se preguntaba con perplejidad: «¿Cómo puede el Señor rebajarse al nivel de su criatura? ¿Cómo puede Él amar a quien no es digno de su amor?».

¿Quién era él para obstaculizar los designios del Señor?

Entonces Jesús le dijo: «Déjame ahora, no te resistas: así es como debemos llevar a plenitud toda justicia». Juan escuchaba el eco de las palabras de Jesús en su corazón: las meditaba, quería grabarlas, que no se le escaparan. Y, de repente, todo se hizo luminoso para Juan: ¿Quién era él para obstaculizar los designios del Señor? ¿Acaso iba a someter a Dios a como él pensaba que debían de ser las cosas? La verdadera humildad no estaba en presentar la propia indignidad como excusa, sino en permitir que, a través de él, Dios hiciera su voluntad.

El ruido de la multitud llegó otra vez a los oídos del Bautista. Este inclinó entonces su cabeza ante Jesús y entró junto con Él al río Jordán. Juan puso las manos sobre los hombros del Señor y lentamente lo sumergió en el agua. «¡Asombroso!», pensó el Bautista: aquel que no tenía ni sombra de pecado se hacía uno más entre los pecadores y recibía el bautismo; mas no era Él purificado por el agua, sino que el agua era santificada por Él: solo así las aguas podrían limpiar a la humanidad caída en desgracia por el pecado.

Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido

Al salir Jesús del agua, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo bajó en forma de paloma sobre Él. Se oyó entonces la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido». En aquel momento Juan recordó las palabras del profeta Isaías: «Mira a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él: llevará la justicia a las naciones». El Bautista miró a Jesús y suplicó en su interior: «Tráenos tu justicia, Señor: sálvanos de nuestros pecados».

texto del evangelio

Mateo 3, 13-17 (leer).

Descubre lo que dice la biblia

Hechos de los Apóstoles 10, 34-38 (leer).

Isaías 42, 1-9 (leer).

Gálatas 3, 26-27 (leer).

1 Pedro 3, 18-21 (leer).

Tito 3, 4-7 (leer).

Juan 3, 30 (leer).

Preguntas para meditar y orar
  1. ¿Vivo con humildad ante Dios? ¿Permito que Él haga en mí su voluntad?
  2. ¿Me doy cuenta de la importancia del sacramento del Bautismo?
  3. ¿Tengo hambre y sed de justicia, de una vida donde no reine el pecado?

Un comentario en “«Déjame ahora»

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