José despertó con una sonrisa en los labios: aquel día vería a María. Llevaban ya casi un año desposados: según las costumbres judías, cuando un hombre y una mujer se querían casar, primero tenían lugar los desposorios, en los que se definía un compromiso de unión matrimonial, pero cada uno seguía viviendo en su casa. Después de un año se celebraba el matrimonio y la mujer era conducida a la casa de su esposo. Por eso, la sonrisa de José obedecía a dos motivos: por una parte, estaba feliz de ver a María y, por otra, sabía que estaba ya cerca el día de su matrimonio.

San José y la Virgen María

José llegó a la casa de su futura esposa con cara sonrisueña. Tras charlar un rato con sus padres, Joaquín y Ana, se quedó a solas con María. La miró a los ojos y notó que tenía algo que decirle. La sonrisa desapareció. Sin rodeos, María le contó que se le había aparecido el ángel y que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. José se quedó pensativo. Ninguno pronunciaba palabra; los minutos se hacían largos, eternos. De repente se presentó Ana, la madre de María. José aprovechó la ocasión y se puso en pie: «Tengo que irme». Tras una rápida despedida, se marchó.

No temas recibir a María como esposa

«¿Qué debo hacer?». José caminaba meditabundo por las calles de Nazaret. «María es incapaz de mentirme… Si descubren que está embarazada, pensarán que me ha sido infiel. La van a lapidar». Llegó a la casa y se tiró en su lecho. «Señor, ¡muéstrame qué hacer! No quiero que María quede deshonrada… ¿Será que la repudio en secreto?…». A José le dolía tremendamente la cabeza. Sin darse cuenta, se quedó dormido.

En sueños se le apareció un ángel: «José, hijo de David, no temas recibir a María como esposa: lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y, como corresponde a los padres, tú le pondrás el nombre. Lo llamarás Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». José despertó: el corazón le latía a mil por hora. Dirigió la mirada a lo alto y dijo: «Gracias, Señor. Ayúdame, porque no soy digno».

Gracias, Señor. ¡Ayúdame!

Se encaminó otra vez hacia donde estaba María. La encontró barriendo el frente de su casa. José, desde lejos, se la quedó mirando asombrado: la Madre de Dios barriendo. María alzó la cabeza y lo vio. Ninguno de los dos se movió; solo se contemplaron el uno al otro. Entonces, José inclinó la cabeza con veneración y, con profundo respeto, miró el vientre de María; allí estaba Dios. Sonrió después a María y gesticuló un «sí». El matrimonio se celebró pocos días después.

Texto del evangelio

Mateo 1, 18-24 (leer).

Has leído la narración: ¿Y la Biblia?

Isaías 7, 14 (leer).

Salmo 24 (23), 3-5 (leer).

Cantar de los Cantares 4, 7-15 (leer).

Hebreos 13, 4 (leer).

1 Pedro 3, 7 (leer).

Deuteronomio 22, 23-24 (leer).

Preguntas para meditar y orar
  1. Cuando sucede algún imprevisto, ¿me desespero? ¿Oro?
  2. ¿Juzgo a los demás por las apariencias? ¿Sé comprender?
  3. ¿Pido al Señor por los matrimonios y las familias? ¿Rezo por mis familiares?

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