A Jesús le costaba respirar. La sangre recorría todo su cuerpo. El dolor que sentía en sus manos y pies era insoportable. Algunos jefes del pueblo, para aumentar su humillación, se burlaban de él: «Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si es verdad que es el Mesías, el elegido».

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Jesús callaba. Oraba a su Padre. El escarnio era continuo: «¡Tú que destruyes el Templo y lo edificas en tres días, sálvate!», «¡que el Rey de Israel baje de la cruz para que veamos y creamos!», «confió en Dios, que le salve ahora si le quiere de verdad, porque dijo que era su Hijo». Ante el último comentario, Jesús hizo un gesto de profundo abatimiento. Retumbaron las carcajadas.

Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino

Los soldados romanos se sumaron pronto a las burlas. Uno, el que había puesto la inscripción arriba en la cruz, le dijo: «Nazareno: eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Otro se inclinó con sorna delante de Jesús: «Qué bien le queda la corona de espinas a Su Alteza». Otro empapó una esponja con vinagre y se la ofreció diciendo: «Su Majestad, ¿quiere un poco de vino?». Jesús apenas probó un poco. Juan, su discípulo más joven, que estaba allí, recordó lo que había dicho en la Última Cena: «No beberé del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

De repente, uno de los dos ladrones que había sido crucificado con Jesús, le gritó: «¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti y a nosotros, maldita sea!». El otro ladrón le replicó: «¿Acaso no temes a Dios? Tú y yo nos merecemos esto, pero Él no ha hecho ningún mal». Con voz trémula, se dirigió a Jesús: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús lo miró y le preguntó: «¿Crees que soy rey?».

Del Señor es el Reino… mi alma vivirá para Él

El ladrón temblaba: «Sí, Señor, yo creo que tú eres rey, el único Rey. Yo también me creía rey, pensaba ser el dueño de mis cosas, pero lo he perdido todo, porque solo había acumulado bienes de este mundo. Tú, en cambio, no has perdido nada: ellos —el ladrón se refirió a los que se burlaban— no pueden robarte el Amor de tu Padre».

Jesús le contestó: «Dimas, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso». La tierra se cubrió de tinieblas. Jesús rezaba con uno de los salmos: «Del Señor es el Reino… mi alma vivirá para Él». Finalmente, clamó con gran voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y expiró.

texto del evangelio

Lucas 23, 35-46 (leer).

¿Escuchas a Dios que te habla? busca en la biblia

Salmo 22 (21), 1-32 (leer).

Colosenses 1, 12-20 (leer).

Juan 18, 36-37 (leer).

Salmo 31 (30), 1-35 (leer).

1 Crónicas 29, 10-18 (leer).

Marcos 1, 15 (leer).

Preguntas para meditar y orar
  1. ¿Busco el Reino de Dios y su justicia?
  2. ¿Cómo reacciono cuando me ofenden o se burlan de mí?
  3. ¿Dejo que el amor de Dios impregne cada una de las circunstancias de mi vida?

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