Los discípulos tenían viva en sus mentes la imagen de Jesús expulsando a los mercaderes del Templo. Sus palabras se les habían quedado grabadas: «Mi casa será casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones». Pocas veces lo habían visto tan enérgico o, por qué no decirlo, enfadado.

Sagrada Familia de Barcelona

Sin duda, el Maestro sentía un profundo respeto por el Templo. Por eso, aquel día, estando allí, un discípulo le comentó a Jesús: «Rabí, mira qué belleza la del Templo, qué piedras tan majestuosas, qué ornamentación más admirable». Jesús, en silencio, se dedicó a contemplar el Templo. El discípulo esperaba que el Maestro, finalmente, confirmara sus palabras. Qué sorpresa se llevó al escuchar la respuesta: «Vendrán días en que no quedará piedra sobre piedra de esto que ven. Todo quedará destruido».

Yo les daré palabras y sabiduría que sus adversarios no podrán rebatir

Los discípulos no sabían cómo reaccionar: ¿Por qué el Maestro profetizaba esas cosas? ¿Cómo podría Dios, al que Jesús llamaba Padre con tanta seguridad, permitir eso? Uno de ellos, para comprender mejor, le preguntó: «¿Cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que están a punto de suceder?».

Los discípulos aguardaban con ansiedad la respuesta: ¿Les diría la fecha? Jesús, sabiendo que los movía la curiosidad y que no habían captado lo esencial, les respondió: «Miren, no se dejen engañar. Muchos vendrán diciendo que el fin está próximo: no les sigan. Habrá guerras, hambres, revoluciones y hasta señales en el cielo, pero no se asusten».

Con su perseverancia salvarán sus almas

Jesús hizo una pausa y miró a los suyos con cariño. Luego prosiguió: «A ustedes los perseguirán —incluso los de su familia y sus amigos—  y los llevarán a tribunales por ser mis discípulos. De verdad, no se preocupen: esto sucederá para que den testimonio. Yo mismo les daré palabras y sabiduría que sus adversarios no podrán rebatir». Jesús calló otra vez. Con sentimiento profundo concluyó: «Por mi causa los odiarán y a algunos los matarán. Pero con su perseverancia salvarán sus almas».

El discípulo que había hecho el comentario sobre la belleza del Templo observó a Jesús. El Señor lo miraba. No necesitaba más palabras, comprendía lo que quería decirle el Maestro. Lo más importante no era la belleza exterior del Templo, ni cualquier otra estructura física que pudiera estar dedicada a Dios. Lo más importante no era controlar el futuro, ni tampoco asegurarse un lugar en este mundo caduco. Lo más importante era lo eterno en ellos, sus almas, que ningún poder temporal podría destruir.

texto del evangelio

Lucas 21, 5-19 (leer).

Dios te habla: ¿Le escuchas?

Marcos 8, 34-36 (leer).

Santiago 1, 12 (leer).

Mateo 24, 35 (leer).

Romanos 5, 3-4 (leer).

Malaquías 3, 13-20 (leer).

Eclesiastés (Qohelet) 1, 2 (leer).

Señor: ¿Qué quieres que haga?
  1. ¿Qué es lo más importante para mí? ¿A qué aspiro con mi vida?
  2. ¿Persevero? ¿Tengo solidez interior? ¿Me derrumbo ante las dificultades?
  3. ¿Sé fijarme en lo esencial y más valioso de cada situación?
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Iuvenes adorantes – Lo más importante

 

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