Los diez leprosos se encontraban a las afueras de Engannim, una población situada en la frontera entre Samaría y Galilea. De los diez, nueve eran judíos y uno samaritano. Lo normal hubiera sido que este último no estuviera con los otros nueve: tanta era la antipatía que existía entre judíos y samaritanos. Sin embargo, la experiencia común de la enfermedad y de la exclusión los unía y podía más que cualquier resentimiento de raza.

Aquel día, Jesús y sus discípulos se dirigían a Engannim. Los leprosos, al verlo, lo reconocieron: a pesar de estar marginados —los leprosos estaban condenados a vivir lejos de la gente (Levítico 13, 45-46)—, la fama del Rabí Jesús de Nazaret era tal que hasta ellos habían escuchado sobre Él. Se decía que andaba con sus discípulos, que enseñaba con autoridad, que expulsaba demonios y sanaba enfermos… Sin duda, esa era su oportunidad para salir de aquella situación miserable.

¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!

Los leprosos se acercaron lo más que pudieron y gritaron con fuerza: «¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!». Los discípulos advirtieron al Señor: «Son leprosos. No te acerques, sino quedarás contaminado». Jesús les contestó: «Ya sé que son leprosos. ¿Qué haremos por ellos?». Los discípulos callaron. A ninguno se le había ocurrido nunca hacer algo por un leproso, salvo huir de ellos.

Los leprosos volvieron a gritar. Jesús respondió: «Vayan y preséntense ante los sacerdotes». Los diez se miraron entre sí: ¿Ir a los sacerdotes? Un leproso solo iba al sacerdote cuando la lepra había desaparecido, para que este verificara que efectivamente estaba curado de lepra e hiciera los ritos de purificación (Levítico 14, 1-32). Los leprosos estaban sorprendidos: ¿Cómo podían ir a los sacerdotes si aún tenían lepra?

¿Qué cosa mejor podremos decir que: «Gracias a Dios»?

Tras el desconcierto inicial, los leprosos vieron a Jesús. Si a tantos había curado con su palabra, ¿por qué no a ellos? Sin preguntar nada más, se encaminaron hacia donde estaban los sacerdotes. Mientras iban, quedaron limpios. ¡El Maestro los había curado! Uno de ellos, el samaritano, se devolvió corriendo hacia Jesús, glorificando a Dios. Al llegar, se postró a sus pies —¡ahora sí podía tocarlo!— y no cesaba de darle gracias. El Señor dijo a sus discípulos: «¿Lo ven? He curado a los diez, pero solo uno está aquí. No es judío, es samaritano, pero es el único que ha vuelto a glorificar a Dios y a agradecer».

«¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras: “Gracias a Dios”? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad» (San Agustín).

Texto bíblico base

Lucas 17, 11-19 (leer).

Dios te habla: ¿lo escuchas?

Salmo 136 (135), 1-3 (leer).

1 Tesalonicenses 5, 16-18 (leer).

Filipenses 4, 6-7 (leer).

Colosenses 3, 15-17 (leer).

Salmo 118 (117), 1 (leer).

2 Reyes 5, 1-17 (leer).

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Agradezco al Señor su bondad y misericordia conmigo? ¿De qué manera?
  2. ¿Soy cristiano solo de nombre? ¿Dejo que la fe transforme mi manera de obrar?
  3. ¿Ignoro las necesidades de mi prójimo? ¿Ayudo a los marginados?
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Iuvenes adorantes – Gracias

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