Tomás admiraba a su Maestro. Más aún, lo amaba. Cuando en cierta ocasión Jesús dijo a sus discípulos que quería volver a Judea, algunos le reprocharon: «Hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí?» (Juan 11, 8). Tomás, en cambio, fue valiente y exclamó: «Vayamos también nosotros y muramos con él» (Juan 11, 16). ¿No es gran signo de amor no abandonar a su Maestro y querer morir con Él?

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Jesús sabía cuánto lo amaba Tomás. Pero también conocía uno de sus peores defectos: su gran desconfianza e incredulidad. En ocasiones, esto lo convertía en una persona individualista, alejada del grupo: cuando Jesús se apareció a los discípulos, el día en que resucitó, Tomás no estaba con ellos.

Al encontrarse con él, los apóstoles le anunciaron con alegría: «¡Hemos visto al Señor!». Él, con gesto despectivo, pero también con gran tristeza, les dijo: «¡Están locos! Estarían alucinando. Jesús murió crucificado. Por eso, si yo no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mi dedo allí o mi mano en su costado, no creeré que el Maestro ha resucitado ni mucho menos que se les apareció».

Nuestro afán de seguridad y control no nos deja confiar

Pasó una semana. Tomás veía que sus compañeros ya no estaban tristes: realmente creían que Jesús estaba vivo. Él, en cambio, se resistía a creer: «Si es verdad que resucitó, ¿por qué no se ha vuelto a aparecer?». Le cuestionaba esto a Pedro, cuando Jesús se apareció: «Les traigo la paz». Enseguida, le dijo a Tomás: «Trae tu dedo: mira mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado. Deja de ser incrédulo y hazte creyente».

A Tomás se le aguaron los ojos y se le hizo un nudo en la garganta. Su Maestro, su querido Amigo, estaba allí enfrente de él: vivo. Ante su reproche, se llenó de mucha vergüenza y cayó de rodillas. Las lágrimas caían sin cesar. Por fin, se le soltó el nudo de la garganta y gritó: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús lo tocó en la cabeza y le dijo: «Crees porque me has visto. Dichosos los que creen sin haber visto».

¡Señor mío y Dios mío!

Todos llevamos un Tomás por dentro. Decimos amar a Jesús y estamos dispuestos a hacer grandes sacrificios por Él —hasta dar la vida—, pero a veces nos falta fe. Queremos ver, queremos pruebas. Nuestro afán de seguridad y de control nos nos deja confiar plenamente en la Palabra de Dios ni tampoco creer a nuestros hermanos. Con Tomás, repitamos arrepentidos: ¡Señor mío y Dios mío! Y que esta pequeña oración nos ayude a aumentar nuestra fe.

Texto bíblico base

Juan 20, 19-31

Texto bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Job 5, 8-27

Salmo 16 (15), 10-11

Nuevo Testamento

Mateo 14, 31

Marcos 16, 13-14

Hechos de los Apóstoles 5, 12-14

Apocalipsis 1, 17-18

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Amo a Jesús? ¿En qué detalles le manifiesto mi amor?
  2. ¿Soy desconfiado? ¿Incrédulo? ¿Individualista?
  3. ¿Soy consciente de que la fe es un don? ¿Le pido al Señor que aumente mi fe débil?

3 comentarios en “El discípulo desconfiado

  1. Cómo cristianos, hijos de un padre misericordioso no debes retar a a Jesús no debemos condicionar el actuar de su voluntad en nuestra vida , cuando y cómo. , solo debemos abandonarnos y confiar en El

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  2. Los Discípulos tenían temor ante lo incierto, desconcertados por el fracaso, cuantas veces nos encontramos así… con la esperanza perdida… nuestra Fe en agonía… cuando todo parece perdido, cuando todo parece no tener sentido … entonces recordemos ahí la frase de Jesús a Tomas… Dichosos los que creen sin haber visto. ¡Señor mío y Dios mío! Sabemos que permites todas las cosas para bien de los tuyos… Que nunca perdamos la esperanza. Aunque no entendamos, aunque no veamos, que nuestra confianza siempre esté puesta en ti. Señor Por favor aumenta nuestra Fe.

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  3. La palabra de evangelio nos lleva a pensar
    Soy un Tomas? cómo es mi Fe
    Como creyente en un Padre misericordioso pidamosle que aumente nuestra Fe
    Y poder vivir confiados en su amor infinito y misericordioso
    Que nos enseñe a amar sin medida así como el nos ama
    Y que nuestra confianza en El crezca día a dia

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