José nunca había visto a María con ese semblante. En sus ojos se contemplaba el dolor, lloraba de angustia y sus labios le temblaban por la desesperación. José no sabía qué hacer: dirigía muchas miradas al Cielo. «¡Qué aparezca el niño!», rezaba. Jesús se había perdido hacía tres días.

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María recordaba todos los momentos que había pasado junto a su hijo. Los alegres, como cuando los Reyes de Oriente le llevaron regalos o cuando por primera vez pronunció «mamá» o cuando hizo su primera sillita de madera con ayuda de José. También venían a su memoria los momentos difíciles: el nacimiento de Jesús en el pesebre, la huida a Egipto… «Una espada atravesará tu alma», le había profetizado el anciano Simeón. «¿Qué te has hecho, hijo mío? ¿Acaso esta es la espada que me partiría el alma?», se preguntaba la Virgen. «¿Dónde estás, mi niño adorado?».

El centro de toda familia debe ser Dios y su Voluntad

De repente, María dejó de llorar y dijo a su esposo: «Vamos al Templo». Y, efectivamente, allí estaba el niño Jesús, en medio de los doctores de la Ley. Al verlo, María corrió hacia Él: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús, con gracia infantil, le respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?».

María y José no comprendieron la respuesta del niño Jesús: «¿Cómo no te vamos a buscar? ¿Qué clase de padres seríamos? ¿Cuáles son las cosas de tu Padre?». Jesús se acercó a sus papás y los abrazó, los tres se abrazaron. Se fueron a Nazaret y el Niño les obedecía en todo. María guardaba todas estas cosas en su corazón.

El Amor de Dios garantiza el amor familiar

En la Sagrada Familia, el niño Jesús experimentó el cariño y el amor de sus padres, fue testigo de la preocupación que sentían ellos por Él. Su gratitud hacía María y José se manifestaba en la ternura y respeto con que los trataba, en la obediencia humilde. Pero, a la vez, Jesús les recordaba —sobre todo con sus obras— que el centro de toda familia debe ser Dios y su voluntad, porque el Amor de Dios garantiza el amor familiar.

Jesús cuenta con cada familia para sus planes de salvación. Que el ejemplo de su familia, la Sagrada Familia, nos estimule a edificar familias santas, familias que hacen de su amor humano un amor divino.

texto bíblico base

Lucas 2, 41-52

textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Éxodo 20, 12

Salmo 127 (126), 3-5

Proverbios 6, 20-22

Eclesiástico / Sirácida 3, 1-18

Nuevo Testamento

Colosenses 3, 12-21

Efesios 6, 1-4

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Es Dios el centro de mi familia? ¿Rezo por mis papás, mis hermanos, mis hijos?
  2. ¿Se viven las virtudes en mi familia: respeto, orden, alegría, generosidad?
  3. ¿Cómo amo a mis familiares? ¿Rezamos en familia?

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