Naamán era famoso en toda Siria. El rey lo había nombrado jefe del ejército: todos admiraban su valentía y ensalzaban sus victorias en las batallas. Por eso, la noticia llegó como un balde de agua fría: Naamán se había contagiado de lepra. Los sirios perdían a un gran general: ¿No habría alguna cura para él?

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Miryam, una de las criadas de la mujer de Naamán, al enterarse de la enfermedad de su señor, le dijo: «Vaya donde el profeta de Israel; con seguridad él lo curará». Naamán fue donde el rey de Israel, pensando que él sería el profeta que lo sanaría. Pero no, se equivocaba, no era él. Entonces el profeta Eliseo —a quien se había referido Miryam— mandó llamar a Naamán. Sin embargo, cuando este llegó a la casa de Eliseo, el profeta no lo salió a recibir; simplemente mandó un mensajero que le dijera: «Vete y lávate siete veces en el río Jordán y tu carne quedará sana».

Nuestra soberbia nos impide ver a Dios en lo sencillo de la vida

Naamán se irritó: ¿cómo era posible que hicieran esto con él? Muchos ríos había en Siria, y mucho mejores, como para bañarse en el Jordán: ¿Qué clase de profeta era ese, que mandaba algo tan simple? Él esperaba algo más espectacular. Además, el profeta ni siquiera se había dignado en presentarse en persona: debía ser un impostor. Los siervos de Naamán, no obstante, lo hicieron entrar en razón: «Si Eliseo te hubiera mandado algo difícil, lo habrías hecho. Si es tan fácil lo que te manda, ¿por qué no lo haces?». Naamán fue, pues, al río Jordán, se bañó siete veces y quedó limpio.

Cuando la gente iba donde Juan el Bautista para recibir el bautismo de conversión, él les enseñaba qué debían hacer para convertirse: a los cobradores de impuestos les decía que no cobraran de más; a los soldados, que no abusaran de la gente; a otros, que compartieran sus bienes. A cada uno le decía cosas sencillas, pequeñas…

Que la humildad del Niño Dios en el pesebre nos enamore

A veces nos puede pasar que esperemos cosas espectaculares en nuestra vida espiritual para mejorar: una aparición, un gran acontecimiento, una misión aventurada y riesgosa… son los deseos y las fantasías de nuestra soberbia, que nos impide ver que Dios nos espera en lo sencillo de la vida: en lo cotidiano, en el trabajo de cada día, bien hecho por amor.

Todos llevamos un Naamán por dentro: la vanidad. Que la humildad del Niño Dios en el pesebre nos enamore y caigamos en la cuenta de que los «espectáculos» de Dios ocurren en medio de lo más sencillo, casi de manera desapercibida.

Texto bíblico base

Lucas 3, 10-18

Textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Génesis 3, 1-6

2 Reyes 5, 1-14

Jeremías 9, 22-23

Nuevo Testamento

Lucas 2, 6-7

Lucas 16, 10

Gálatas 6, 3

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Presto poca atención a los detalles, a las cosas pequeñas?
  2. ¿Vivo en presencia de Dios cada actividad, aunque parezca poco importante?
  3. ¿Me dejo guiar por mi soberbia? ¿Le pido al Señor humildad?

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