Lucía no alcanzaba a tocar el suelo con sus pies. Sentada en la banca de la iglesia escuchaba con atención lo que decía el padre Andrés, el sacerdote, mientras balanceaba sus piernecitas. De repente, el sacerdote exclamó: «¡Debemos rezar más para que esas personas malas se conviertan!». Lucía detuvo el balanceo, se giró hacia su madre y le preguntó: «Mamá, ¿tenemos que rezar para que se conviertan en qué?».

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«No, hijita —respondió en susurros la madre, aguantando la risa por las ocurrencias de la pequeña—. No se trata de que se transformen en algo. Convertirse significa que cambien de conducta; que dejen de comportarse mal y que hagan el bien». «Mamá, pero entonces yo también debo convertirme, porque yo a veces soy desobediente…».

Sin conversión es difícil reconocer a Jesús

Todos necesitamos conversión. Por una parte, encontramos en nosotros cosas malas que debemos dejar atrás: decir mentiras, cometer actos contra la castidad, robar… Por otro lado, siempre hay cosas en las que podemos mejorar: podemos ser más amables, más generosos, más pacientes, más laboriosos, más puntuales, más obedientes…

Para encontrarnos con Jesús necesitamos convertirnos. Juan el Bautista, que preparó el camino al Señor, proclamaba un bautismo de conversión (Lucas 3, 3). Jesús, por su parte, comenzó su predicación diciendo: «Conviértanse, porque el Reino de Dios está cerca» (Mateo 4, 17). Sin conversión es difícil que reconozcamos a Jesús, que lo descubramos en los pequeños detalles de nuestro día a día: en el trabajo, en el estudio, en nuestra casa.

Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí

Un signo de la sinceridad de nuestra conversión está en la penitencia y la mortificación. A través de pequeños actos, con la ayuda de la gracia, combatimos las tendencias que nos inclinan al pecado: la pereza, la soberbia, la lujuria, la gula… Los pequeños (o grandes) sacrificios reflejan nuestra voluntad de cambiar: de abandonar aquello que ofende a Dios y de aumentar nuestro amor por Él.

Recemos al Señor para que cada día nos convierta. ¿En qué? En buenos discípulos, en buenos hijos suyos. Que nuestra conversión sea constante y cada vez más profunda, hasta poder decir con San Pablo: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 20). Esta es, en definitiva, la meta de toda conversión.

Texto bíblico base

Lucas 3, 1-3

Textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

2 Crónicas 7, 14

Isaías 40, 3-5

Isaías 55, 6-7

Ezequiel 18, 32

Nuevo Testamento

Hechos de los Apóstoles 2, 37-41

1 Corintios 9, 24-27

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿En qué aspectos de mi vida necesito una mayor y más profunda conversión?
  2. ¿Ofrezco al Señor pequeños sacrificios que me ayudan a mejorar?
  3. ¿Hasta qué punto mi vida refleja la vida de Jesucristo?

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