En cierta ocasión, después de que Jesús sanó a un sordomudo, la gente exclamó: «Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Marcos 7, 37). Todo lo ha hecho bien… Qué bella forma de reconocer que Jesús es Dios. Si recordamos el relato de la Creación, Dios hizo todo bien. «Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno» (Génesis 1, 31).

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Por contraste, nosotros tenemos la experiencia de que no todo lo hacemos bien. ¡Cuántos errores, cuántos fallos, cuántos fracasos! Basta echar una rápida mirada a nuestro pasado para descubrir que nos hemos equivocado muchas veces, en cosas pequeñas, pero también en cosas graves. ¿Cómo podremos seguir entonces la invitación de Jesús que nos dice: «Sean ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto» (Mateo 5, 48)? ¿Acaso seremos capaces, alguna vez, de hacerlo todo bien como Él?

La mediocridad y el perfeccionismo nos alejan de la perfección que Dios quiere para nosotros

La respuesta, quizá sorprendente, es que sí: tú eres capaz de hacerlo todo bien. Pero para ello es necesario que comprendamos correctamente qué significa hacerlo todo bien. Examinemos primero cuáles son las dos actitudes que nos impiden ser perfectos como nuestro Padre es perfecto.

Ante todo, debemos evitar la mediocridad, que nos inclina a hacer todo a medias. El mediocre se contenta con un 7 en el examen cuando puede sacar un 10; lo que puede terminar en 20 minutos lo acaba en una hora, porque no pone todo su esfuerzo; no se fija en los detalles, porque los considera poco importantes… El mediocre es, en el fondo, un perezoso, poco apasionado por su trabajo y —en definitiva— le falta amor.

La otra actitud que nos impide ser perfectos es el extremo contrario a la mediocridad y se puede confundir fácilmente con hacerlo todo bien: el perfeccionismo. En efecto, el perfeccionista quiere hacerlo todo bien, pero suele pensar solo en sí mismo —es egoísta—, pierde la paz fácilmente cuando hay obstáculos y se enfurece por las fragilidades y errores de los demás (también por los propios). El perfeccionista tiene como ídolo su propia perfección —es soberbio— y con frecuencia envidia a quien le va bien.

Dios no es perfeccionista. Él es perfecto y hace todo bien, pero por amor: para bien de sus criaturas, para nuestro bien. Nosotros también podemos hacerlo todo bien, si nos esforzamos por hacer lo mejor posible lo que nos corresponde con la intención de servir a los demás. Quizá cometamos errores, pero nos ayudarán a ser más humildes: pediremos perdón y seguiremos trabajando para gloria de Dios y bien de los demás.

Texto bíblico base

Marcos 7, 31-37

Textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Génesis 4, 3-7

Génesis 17, 1-2

Levítico 22, 20

Salmo 127 (126), 1-2

Nuevo Testamento

2 Corintios 12, 9-10

2 Tesalonicenses 3, 6-12

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Soy mediocre? ¿Soy perfeccionista? ¿Cómo puedo mejorar en esto?
  2. ¿Ofrezco a Dios mis labores y las hago bien y en paz por Él y por los demás?
  3. ¿Cómo puedo ser más responsable, laborioso, ordenado, servicial, amable?

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