Desde pequeños nos han enseñado que Dios es invisible: no lo podemos ver porque es espiritual y no material. Es verdad que hace dos mil años se encarnó, se hizo carne —Jesucristo es Dios hecho hombre— pero poco tiempo después de resucitar, subió a los Cielos. A unas cuantas personas se les ha aparecido, pero somos muchos los que no tenemos ese privilegio.

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Y, entonces, ¿nunca podremos ver a Dios? Esa sería una rápida y errónea conclusión. Jesús dice: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5, 8). Allí tienes una promesa de felicidad: verás a Dios si tienes un corazón limpio. Por eso, ¡qué importante es mantener el corazón puro! Pero, ¿con qué se mancha el corazón? Básicamente con dos actitudes.

El falso está pendiente de lo exterior; el sincero, de lo interior

La primera de ella es la falsedad. «Nada manchado por la falsedad —nos enseña el Papa Francisco— tiene un valor real para el Señor» (Gaudete et exsultate, 84). Y somos falsos cuando nos dejamos llevar por diversos comportamientos: la hipocresía, la soberbia, el fraude, la mentira, el chisme… Seamos claros: aunque vayamos a la iglesia, nuestro corazón podría estar manchado por estas cosas. ¡Cuánta necesidad tenemos de la sinceridad! Si somos sinceros, no nos engañaremos a nosotros mismos, ni a los demás (a nuestros padres, a nuestros amigos…), ni intentaremos engañar a Dios. El falso está pendiente de lo exterior; el sincero, de lo interior.

El corazón también se mancha con la falta de amor. «Un corazón que sabe amar no deja entrar en su vida algo que atente contra ese amor, algo que lo debilite o lo ponga en riesgo» (Gaudete et exsultate, 83). El amor se debilita o se acaba cuando nos dejamos llevar por el egoísmo, el afán de dominar a los demás, la infidelidad, la lujuria… ¿Dejaremos que estas actitudes entren en nuestros corazones?

Purifiquemos nuestro corazón con la verdad y el amor

Además, conviene recordar que para amar no bastan los buenos deseos. Hay un refrán que dice que el camino que lleva al infierno está pavimentado con buenas intenciones. Y otro afirma: «Obras son amores y no buenas razones». ¿Nuestro amor es real? ¿O se queda en palabras y pensamientos?

Queremos ver a Dios. Para eso purifiquemos nuestro corazón con la verdad y el amor, siendo sinceros y practicando las buenas obras. Así, podremos ver al Señor en la Eucaristía —Sacramento de Amor—, en los hermanos —donde está Cristo disfrazado, como decía Santa Teresa de Calcuta— y en nuestro interior.

Texto bíblico base

Marcos 7, 14-23

Textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Salmo 15 (14)

Proverbios 4, 20-27

Sabiduría 1, 1-5

Nuevo Testamento

1 Corintios 13, 1-13

Santiago 1, 21-27

1 Juan 3, 18-24

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Soy sincero conmigo mismo, con los demás y con Dios?
  2. ¿Qué actitudes encuentro en mí que contradicen la caridad y el amor?
  3. ¿He descubierto y visto a Dios en la Eucaristía, en los demás y en mi interior?

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