Algunas veces nos podemos encontrar con vacíos en nuestras vidas, vacíos que nos inquietan y que no logramos llenar. Nada nos satisface. No sentimos plenitud. Entonces, es el momento de recordar que los cristianos tenemos un alimento que sacia las ansias más fuertes y profundas de nuestro ser: la Eucaristía.

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«En verdad, en verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Juan 6, 53). Para un discípulo, ¡qué esencial es recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús! Así como el cuerpo no puede vivir sin aire, el cristiano no puede vivir sin Eucaristía. Ella es alimento vital para nuestras almas. Jesús nos dice que su Cuerpo es verdadera comida y que su Sangre es verdadera bebida (cf. Juan 6, 55).

Desafortunadamente, a veces tratamos de saciarnos con otras cosas. Buscamos la plenitud en ser aceptados o reconocidos socialmente (ya sea en grupos grandes o pequeños) o en la seguridad y comodidad económica, por decir algunas cosas. Incluso dentro de la misma parroquia o movimiento al que pertenezcamos, a veces ponemos el énfasis en otras cosas antes que en la Eucaristía: en dinámicas, charlas, actividades, apostolados…

¿Sabes cómo entra Jesús en ti? Como un pedacito de pan

Ciertamente, ¡son cosas muy importantes y buenas! Pero, sin la Eucaristía, pierden el norte y así nos terminamos asemejando —como denuncia el Papa Francisco— a una ONG (con el respeto que se merecen estas organizaciones): hacemos cosas buenas, pero no nos llenan por completo, porque no tienen como fundamento el encuentro con Cristo, que sobre todo nos espera en la Eucaristía y en su Palabra.

¡Qué triste sería ir a la Iglesia y no quedar saciado! Jesús quiere darte vida en abundancia: no lo desaproveches. Piensa en aquellos vacíos que encuentras en ti y cae en la cuenta de que Jesús quiere entrar y llenarte: darte plenitud. ¿Y sabes cómo entra Jesús en ti? Como un pedacito de pan.

Comulgar es una gracia gigante. Por eso, no podemos hacerlo a la ligera. Conviene prepararse para ese encuentro de amor entre Dios y nuestra alma. Confesarse es, en el fondo, reconocer los propios vacíos —aquellos que el pecado nos ha dejado— y pedirle a Dios que los llene con su misericordia. Pidamos perdón a Dios, confesémonos cuando lo necesitemos, y saciemos nuestros vacíos con Cristo, el Pan de Vida.

Texto bíblico base

Juan 6, 48-58

Textos Bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

1 Samuel 16, 7

Sabiduría 16, 20-21

Nuevo Testamento

Lucas 24, 28-35

1 Corintios 11, 25-32

Efesios 5, 8-15

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Qué vacíos identifico en mi vida? ¿Con qué he tratado de llenarlos?
  2. ¿Con qué frecuencia me confieso? ¿Qué vacíos ha dejado en mi vida el pecado?
  3. Cuando voy a la Iglesia, ¿qué es lo que más hago? ¿Visito a Jesús Sacramentado?
  4. ¿Con qué frecuencia recibo a Jesús en la Eucaristía? ¿Le doy gracias por ese don?

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